Vuelvo a soñar; pero ya no el desamor, ni la angustia coronan los aristas del sueño. En algún sitio se oculta el horror, y esta vez, ocupado en otros menesteres, se ha olvidado de mostrar su garra. No es el amor la bruma que lo enmarca, tampoco es la lluvia el angustioso esperar el encuentro con una mujer que me había olvidado.
Al atardecer habré olvidado el sueño, me habré olvidado un poco a mí mismo.
viernes, 13 de octubre de 2017
domingo, 13 de agosto de 2017
XXVIII
Hablo. En el enorme boquete de la distancia, hablo.
De las horas consumidas en la hoguera del pasado, de la gloria ida. Para aferrarme al hilo endeble de la cordura, para permanecer a flote, vivo y crepitante.
De las horas consumidas en la hoguera del pasado, de la gloria ida. Para aferrarme al hilo endeble de la cordura, para permanecer a flote, vivo y crepitante.
XXVII
Hay días en que basta el más pequeño atisbo de duda, la más absurda, ambigua referencia a uno mismo para romper el tapiz del paisaje.
XXVI
Cuando enciendo la radio, ya ha pasado el huracán. Estoy vivo, vuelvo a bromear con los amigos, pero algo hay que es propiedad de la tristeza, algo como una mascota tierna que se empeña en morder los muebles de mi casa
XXV
Hablo para adormecer este silencio. Abro incontables puertas, sediento.
En la mandíbula pasea el nombre que no alcanzo a formular.
En la mandíbula pasea el nombre que no alcanzo a formular.
XXIV
Entre el delirio y la madrugada me levanté por la última cerveza; los pies ardiendo, la entrepierna, el pecho fiera herida mostrando su colmillo.
XXIII
Este es mi rostro, destello arrancado al espejo. La noche ruge sobre el imposible mediodía.
Es como si flotara.
Es como si flotara.
XXII
Pongamos que no hay palabras, que uno mira el espejo, y las esquinas con telarañas, y el suelo, y se pregunta de dónde le viene esta afición por el abrazo de la nostalgia.
Como un hechicero en la carne de la noche hundo mi cayado, enciendo el fuego, llamo a la angustia y al deseo. La sangre se sostiene, seca, sobre los alambres.
Como un hechicero en la carne de la noche hundo mi cayado, enciendo el fuego, llamo a la angustia y al deseo. La sangre se sostiene, seca, sobre los alambres.
XXI
Hablo de la ausencia, del escozor en las encías cuando al despertar falta tu aliento; la cama solitaria, toda tú llenando los rincones del recuerdo. Algunas veces otra carne llama al puerto, otras naves anclan en la puerta y pareciera que se disipase la bruma, que el árbol del deseo crece robusto sobre el patio, desentendido de tormentas, huracanes o renovaciones urbanistas, y hay fiesta y fuegos artificiales, una serena embriaguez en los párpados, bajo la lengua.
Pero llega la resaca y los marinos visitantes parten cargados de mercancías y algún pliegue de esperanza en los bolsillos, y uno dice adiós al carnaval, recoge el caos, sale a la calle a aspirar el humo de la pólvora, a adentrarse entre la niebla de los días, anhelante de acantilados, de la caída final.
Pero llega la resaca y los marinos visitantes parten cargados de mercancías y algún pliegue de esperanza en los bolsillos, y uno dice adiós al carnaval, recoge el caos, sale a la calle a aspirar el humo de la pólvora, a adentrarse entre la niebla de los días, anhelante de acantilados, de la caída final.
XX
La madrugada me revuelve sobre la hamaca, el bochorno sofocante me pone en pie; ya ha pasado la borrachera y hay un atisbo de dolor que permanece en la espalda cuando busco el umbral sin puertas de esta casa.
Sostenido en sus blocks de granito, miro un perfil del horizonte; la madrugada tendrá coloración de incendio apaciguado.
En otro año, en otra ruta, una madrugada como ésta yo dormía intranquilo, a diez pasos de tí, recién pasado el aguacero. Algo de la resaca me hurga en las entrañas, algo del pasado hace lo propio. Vuelvo a tomar tu mano, para soltarla: en esa hamaca que compartimos antes del desayuno fotografié por primera vez la ternura de tu rostro.
Sostenido en sus blocks de granito, miro un perfil del horizonte; la madrugada tendrá coloración de incendio apaciguado.
En otro año, en otra ruta, una madrugada como ésta yo dormía intranquilo, a diez pasos de tí, recién pasado el aguacero. Algo de la resaca me hurga en las entrañas, algo del pasado hace lo propio. Vuelvo a tomar tu mano, para soltarla: en esa hamaca que compartimos antes del desayuno fotografié por primera vez la ternura de tu rostro.
lunes, 7 de agosto de 2017
XIX
Algunas noches, pese al cansancio, el cuerpo urge un par de cervezas, música vernácula y una plática ligera. En la despensa podrá faltar lo elemental, no así el alcohol: mezcal, aguardiente, curados de naranja, cerveza, algún extraño licor. Cuatro caballitos, la garganta sedienta.
XVIII
Como espectro subterráneo, mastico este miedo a solas; rencoroso me espabilo, salgo a la calle, ignoro los límites de velocidad.
Algo hay en esta pira fúnebre, que me sostiene hace tres décadas, su lengua fría sobre mi párpado, su comezón de siglos en la espalda, en el pecho, en la quijada.
Estoy herido, no negaré la sangre que desde mi brota. Pero me sostengo en pie, abierto el pecho como una casa abierta a la nostalgia y a la bohemia. Repito, como una oración para salvarme, que yo les gritaría bienvenidos, gozoso, lleno de lágrimas así vinieran del infierno, mis amigos.
Algo hay en esta pira fúnebre, que me sostiene hace tres décadas, su lengua fría sobre mi párpado, su comezón de siglos en la espalda, en el pecho, en la quijada.
Estoy herido, no negaré la sangre que desde mi brota. Pero me sostengo en pie, abierto el pecho como una casa abierta a la nostalgia y a la bohemia. Repito, como una oración para salvarme, que yo les gritaría bienvenidos, gozoso, lleno de lágrimas así vinieran del infierno, mis amigos.
XVII
Es poco menos que increíble: tras la partida vino la desgana. Como un ave que llega a edificar su nido sobre el lecho, y no hay amenaza, ni alcohol, ni labio de mujer capaz de desterrarle.
XVI
Tender la mano, y alcanzar la fruta que sacie el hambre, tener frío y arrimarse al fuego. Abrevar en las cómodas aguas de la paz, envejecer con calma.
Todos rituales para invocar la muerte. Todos instigadores de la desidia, tierra sobre el fuego, hiedra sobre la carne. Quiero la tormenta, la batalla diaria contra uno mismo, la incertidumbre de estar vivo el próximo instante, el dolor, la llaga en el costado mientras me arrojo sobre la cruz, hijo del Golgotha.
Todos rituales para invocar la muerte. Todos instigadores de la desidia, tierra sobre el fuego, hiedra sobre la carne. Quiero la tormenta, la batalla diaria contra uno mismo, la incertidumbre de estar vivo el próximo instante, el dolor, la llaga en el costado mientras me arrojo sobre la cruz, hijo del Golgotha.
XV
Debo culpar a la ebriedad por la mano temblorosa y la voz ardiente. Por todos los cristales que se han astillado a mi paso, por esta cualidad de destrozar el escaso amor que se me ofrece como un fruto maduro.
Si estoy herido, no ha sido otra mano que mi mano empuñando el acero herrumbroso. Esta costumbre de abandonarlo todo, la dudosa declaración de patria que adjudiqué a la tierra bajo mis pies, la declaración patrimonial enmarcada al equipaje; sí, he sido yo el que huyó en cada historia, herido de sí mismo.
Si estoy herido, no ha sido otra mano que mi mano empuñando el acero herrumbroso. Esta costumbre de abandonarlo todo, la dudosa declaración de patria que adjudiqué a la tierra bajo mis pies, la declaración patrimonial enmarcada al equipaje; sí, he sido yo el que huyó en cada historia, herido de sí mismo.
XIV
Arde el horizonte, los mensajes que no alcanzaron a escrutar los ojos. El incendio permanece sobre la superficie del agua
XIII
En la punta de los dedos aguarda un tropel de oraciones. La desidia los detiene, los desgasta a fuerza de rechazarlos.
domingo, 6 de agosto de 2017
XII
Hay días en que el paisaje más impresionante llega a tener la misma relevancia del concreto que colma las ciudades. El peso aplastante de la desidia lo aplasta todo.
Días en que la sangre clama por correr fuera, mancharlo todo, los nudillos, el rostro, las paredes.
Días en que la sangre clama por correr fuera, mancharlo todo, los nudillos, el rostro, las paredes.
XI
Termino por sucumbir. Abrazo la extraña viscosidad de los días, el monótono crepitar del fuego en estos corazones que despiertan para alcanzar el sueño. Me sumerjo en el agua turbia del día a día, este manotear en el aire en busca de asideros que uno sabe no existen.
Termino por dibujar una sonrisa, por reír a mandíbula batiente con el chiste pueril del mediodía. A sentir hambre, y comer; en otro tiempo, en otra hora, con otro nombre, al encontrar el frío lo habría combatido en descampado, a pesar del desarme, a pesar incluso de la derrota asegurada.
Pero envejezco, me conformo.
Debo romper de nuevo los cristales, perder este atisbo de cordura.
X
Ahora, aquella madrugada tantas veces pospuesta, tantas veces imposibilitada en su concreción, por fin frente a nosotros. Pareciera que un fardo colosal pendía de mis párpados, obligándolos al cierre, y sin embargo me dió tiempo de imaginar un largo viaje, su cuerpo desnudándose y anudándose enseguida a otro cuerpo, el mío, preferentemente.
No hallo sosiego, no obstante algo de la bruma que copa mis paisajes se distiende, alguna luz alcanza a escabullirse y a iluminar escuetos detalles para los días posteriores; concreto: algo que se parece a la plácida calma me toca la frente tras compartir los tragos y la charla.
Aunque sé que se marcharán los detalles que ahora atesoro entre los ojos, me quedo con la suave incertidumbre de saber qué he disfrutado más, el contoneo de sus caderas cuando camina fuera de la órbita de nuestra mesa, o buscar el oscuro azul de su mirada en la penumbra, como quien otea desde tierra, tratando de atisbar el incierto oceáno.
No hallo sosiego, no obstante algo de la bruma que copa mis paisajes se distiende, alguna luz alcanza a escabullirse y a iluminar escuetos detalles para los días posteriores; concreto: algo que se parece a la plácida calma me toca la frente tras compartir los tragos y la charla.
Aunque sé que se marcharán los detalles que ahora atesoro entre los ojos, me quedo con la suave incertidumbre de saber qué he disfrutado más, el contoneo de sus caderas cuando camina fuera de la órbita de nuestra mesa, o buscar el oscuro azul de su mirada en la penumbra, como quien otea desde tierra, tratando de atisbar el incierto oceáno.
IX
El cuerpo se hunde en un agua espesa, lenta, inexorablemente. Las imágenes del día, los ocasos, la fauna cotidiana, la imagen traslúcida del amor, la permanente sed que se evapora, todo pasa. Lo toco desde la punta de los dedos, y aunque quiera, no consigo asirme a nada; la abulia me abraza como una mujer celosa que me hunde sin ahogarme en esta agua clara y espesa.
Todo parece consumirse en un incendio congelado: la locura, el afán de romper el mundo, la rabia en la mandíbula. Todo se aleja, pero mi índice sigue acariciando sus bordes.
Me quejo, me duelo, ardo sin paz en esta cabalgata asido de las crines de la noche, potro febril.
Todo parece consumirse en un incendio congelado: la locura, el afán de romper el mundo, la rabia en la mandíbula. Todo se aleja, pero mi índice sigue acariciando sus bordes.
Me quejo, me duelo, ardo sin paz en esta cabalgata asido de las crines de la noche, potro febril.
VIII
Existe la posibilidad, que todo se llene de polvo y nadie haga nada por evitarlo. Como una casa sumida en el sopor del abandono, pero cuyos residentes aún deambulan, sin rumbo, apenas conscientes de sí mismos, por los pasillos y las habitaciones de la abúlica residencia.
El orden o el desorden permanecen inmóviles, pero su reino carece de territorios o de potestades. No hay tempestad, o espasmo en la tectónica de placas, ni vecindad en el incendio o acercamiento de inundación que la sorprenda, que signifique un cambio en su profundo anclaje al polvo que como una costra se va enquistando en sus cimientos.
VII
Me sorprendió la madrugada. Prendido con los dientes de la inusual ternura. Yo, un hombre duro, molido a palos de anhelar otro cuerpo. Yo, el trozo de hielo que mordió tu labio.
¿Qué veneno, qué oscura magia inocula el deseo cotidiano cuando deviene distancia?
Ni ella encontró al insolente borracho de otras noches, ni yo a la cínica mujer a la que me acostumbré a morder los labios
¿Qué veneno, qué oscura magia inocula el deseo cotidiano cuando deviene distancia?
Ni ella encontró al insolente borracho de otras noches, ni yo a la cínica mujer a la que me acostumbré a morder los labios
VI
La lluvia lo toca todo. Tu ausencia lo incendia todo. El recuerdo lo enturbia todo. La nostalgia de lo pasado hace su magia: todo lo torna agridulce. Como a una fruta la mordisco, me salpico de sus jugos, como un crío voraz en el verano, como un puberto ansioso por devorar la madura fruta de un par femenino de labios.
Entonces abro los ojos, miro mi mano vacía.
La lluvia vuelvo a humedecerlo todo.
Entonces abro los ojos, miro mi mano vacía.
La lluvia vuelvo a humedecerlo todo.
V
Abrir las puertas a la resaca, dejarla entrar a la casa como a un invitado distinguido, que tome el mejor asiento de la sala del sosiego. Ofrecerle las mejores viandas, como a una amante cruel
martes, 1 de agosto de 2017
IV
LLevo semanas fermentando las ganas de burdel en la garganta. Una abulia me impide navegar hacia esos bares. Cada noche, espero a que el reloj marque las diez para salir a buscar el ardiente beso del alcohol y de un par de labios abiertos.
Alguna tarea me absorbe sin embargo, o el sueño con sus caballos me atropella.
Alguna tarea me absorbe sin embargo, o el sueño con sus caballos me atropella.
III
Toda carretera presente en la fotografía es el símbolo inequívoco de choques y cuerpos descoyuntados sobre el pavimento, de cristales rotos y manchones de sangre, de alaridos dolientes y gemidos al borde de la inconsciencia. Cada curva es una invitación a colisionar con el primer objeto que aparezca frente a los ojos y ofrezca la contundencia necesaria para astillar el equilibrio de estar apenas respirando. Ansia de salir volando, olvidarse girar el volante, probar la resistencia milenaria de los robles y los pinos.
II
Con qué arma se defiende uno de la amnesia, de su cuchilla mellada sobre la cabeza?
Todo gira con la fuerza concéntrica que es esta propensión a sumergirse en las aguas de la noche, este dejarse llevar por la corriente turbia de la embriaguez, romper cristales, abrazar lo que de animal salta en la carne del tórax.
Triste analogía: el licántropo inventado por hombres incapaces de controlar su ira más profunda y elemental haciendo metáfora de su más honda, de su más miserable condición de brutos, de sí mismos, descarnados, puros; no hay más que la carne humana dotada de sentimiento, de instinto y de endeble moral. Al transformarme, asumo ser el otro, el cavernario brutal que arrebata, ciego, las certezas al indefenso, probo hombre que despierta, bañado en sangre, con el regusto amargo de la adrenalina en la comisura de los labios.
Pero somos el mismo, la ferocísima garra y el inútil acto de contrición.
Todo gira con la fuerza concéntrica que es esta propensión a sumergirse en las aguas de la noche, este dejarse llevar por la corriente turbia de la embriaguez, romper cristales, abrazar lo que de animal salta en la carne del tórax.
Triste analogía: el licántropo inventado por hombres incapaces de controlar su ira más profunda y elemental haciendo metáfora de su más honda, de su más miserable condición de brutos, de sí mismos, descarnados, puros; no hay más que la carne humana dotada de sentimiento, de instinto y de endeble moral. Al transformarme, asumo ser el otro, el cavernario brutal que arrebata, ciego, las certezas al indefenso, probo hombre que despierta, bañado en sangre, con el regusto amargo de la adrenalina en la comisura de los labios.
Pero somos el mismo, la ferocísima garra y el inútil acto de contrición.
miércoles, 10 de mayo de 2017
I
Hay días en que la sangre, más que correr por el entramado de las venas, arde como el más puro combustible. El corazón, motor desvencijado, se deja llevar y abre las puertas, y todo lo arrastra consigo.
El problema comienza al despertar.
Sobre el oficio de naufragar
Es imperioso volver a nuestra condición de primigenio viento, de volver a vagabundear fuera del mundo. Como Odiseo, emprender el viaje para salvarse uno mismo, para incendiarse y cual un fénix renacer de entre la ceniza.
Abordar una barcaza endeble, y naufragar es obligatorio. Postergar hasta la imposibilidad el viaje de vuelta, perder cada nave y cada anhelo para reconfigurarse en el crisol de la ausencia.
Abordar una barcaza endeble, y naufragar es obligatorio. Postergar hasta la imposibilidad el viaje de vuelta, perder cada nave y cada anhelo para reconfigurarse en el crisol de la ausencia.
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Es imperioso volver a nuestra condición de primigenio viento, de volver a vagabundear fuera del mundo. Como Odiseo, emprender el viaje para ...