Como espectro subterráneo, mastico este miedo a solas; rencoroso me espabilo, salgo a la calle, ignoro los límites de velocidad.
Algo hay en esta pira fúnebre, que me sostiene hace tres décadas, su lengua fría sobre mi párpado, su comezón de siglos en la espalda, en el pecho, en la quijada.
Estoy herido, no negaré la sangre que desde mi brota. Pero me sostengo en pie, abierto el pecho como una casa abierta a la nostalgia y a la bohemia. Repito, como una oración para salvarme, que yo les gritaría bienvenidos, gozoso, lleno de lágrimas así vinieran del infierno, mis amigos.
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