Un bosque arde en mi espalda. En torno, el mundo es un témpano.
He
abrazado el tono lúgubre de quien ha sido perpetuamente derrotado, la
absurda calma del que sabe en cualquier momento se inclinará a besar el
polvo, a morder los talones de su sombra; en cada golpe de timón que me
llevó al acantilado, en cada paso que me llevó al borde del despeñadero,
puse todo mi empeño y mi tesón.
No
hubo apuesta: yo he sido siempre el caballo enfermo y en el momento
preciso huí de la pista, en una carrera desesperada contra mí mismo de
la que nadie intentó disuadirme. Que nadie vio.
Esta palabra
turbia, rebotando sobre las paredes blancas del insomnio, es mi
laberinto. Pero sé que no habrá ningún asesino llamado Teseo que venga a
buscarme, ni Ariadna desesperada que traicione a su padre, ni velas
negras volviendo a puerto.
Hace un momento he levantado la vista al
firmamento y reconocí alguna constelación ahora que el cielo se ha
despejado: mañana será un día cálido, y ahí está la noticia.
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