No hay afuera. La habitación se desmorona en el interminable mediodía.
En el orden de las cosas, hay un cadáver con mi voz, un arma blanca
señalando a mi esternón, y un montón de papeles emborronados con un
nombre ajeno.
No hay afuera. Las paredes crecen en su humedad.
No hay afuera. El desgarre primigenio sucede a la luz de los bombillos
fundidos. En la sala se sientan a charlar mis fantasmas y el otro.
Aunque busco en el botiquín del veneno, alguien se ha llevado la cicuta.
No hay afuera. Los espejos han huido de esta casa. El silencio, rítmico, te nombra.
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