Tal vez el problema, a fin de cuentas, sea ese: en determinado momento,
mientras mantienes la guardia baja, te encuentras con una mujer,
congenias con ella, y enseguida le abres todas las puertas, la llevas a
recorrer los pasillos más inmundos del pasado como diciendo 'mira, he
caído muy bajo para enfrentar al minotauro, y sin Ariadna que me
ofreciera su ayuda he vuelto ileso a la
superficie; mírame, soy un hombre capaz de soportar sobre mis hombros el
peso de su dolor y de su decepción'; le revelas uno a uno los secretos
profundos de la trampa y su manufactura. Dejas de ser el predador, poco a
poco, imperceptiblemente, y te confías porque sabes que aún no eres la
presa, confías ciegamente en que no ocuparás ese papel todavía, que ese
personaje te corresponderá tal vez en un futuro que se dibuja lejano,
casi imposible.
Pero sigues colocando trampas con el oscuro deseo de
que se queden allí, inútiles, olvidadas, llenas de musgo y óxido, y no
volver a tener noticias de las hipotéticas presas que en sus fauces
caigan. Que no haya una presa más.
Luego viene el cataclismo, un
cisma que te deja indefenso. Y te encuentras tratando de huir porque sin
ser la presa sabes que ya no tienes coraje para volver a ser el
cazador, y mientras huyes comprendes no puedes volver a tus refugios,
que tu escondite más seguro ha quedado expuesto, y ahora te pesa aquel
descenso ad inferos, y la sangre que bañó tu mano, pero no toda, te pesa
particularmente la que al desperdigarse sobre el suelo segó la vida del
hijo bastardo de Minos. Pero sigues huyendo, y al tropezar durante la huida, con sorpresa alcanzas a comprender has estado cayendo en cada una
de tus trampas, y no habrá cazador que venga a desollarte, que te lleve
paciente al matadero, o en un gesto de piedad apuñale tu corazón en el
mismo sitio donde culmine tu caída. Y tratas de aullar para alejar a las
hienas y a otros carroñeros, pero de tu garganta brota un balido, y
sabes que no hay marcha atrás, que has sido derrotado por tu propia mano
y necedad.
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