Hay un adolescente triste que me acompaña a donde quiera que voy. Diminuto, mira el paisaje desde el balcón de mi retina.
Algunas veces sale a mirar la devastación sobre mi hombro. Sobre todo,
suele alegrarse cuando visitamos ciudades caóticas y grises.
Ahora
que he vuelto a la ciudad donde yo me hice mayor, lo noto enfurruñado.
Está agazapado y hosco en algún rincón de mi cabeza. Sé que agoniza, que
está pronto a despedirse.
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