Uno llega al alba con las manos vacías. Con la mirada puesta en cualquier cosa, distraído.
Se observan las cosas dispuestas. Los frutos maduros, el tímido
desorden de la mesa. El cuchillo que reparte porciones de alimento.
En este rincón del mundo, miro la niebla trepar por las paredes, y
mientras lo colma todo alrededor, sé que no he de mirar tu rostro
ninguna otra mañana.
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