Haz escrito una carta. Breve y escueta, un tanto desordenada, dictadas sus líneas por los abrasamientos del deseo.
Confiesas hace tiempo sabes del temor a la derrota y a lo desconocido,
del secreto vértigo a recomenzar y arriesgarse a que las cosas salgan
definitivamente mal.
De ese otro miedo a aferrarte a los equívocos con uñas y dientes por la opaca certeza que da su cercanía.
Que tal como escribió un autor al que ya rara vez acudes, uno jamás
escoge las batallas que ha de librar en el pecho el corazón por la
querencia.
Quisieras escribir sin parar. Que sea la carta
definitiva pero no sabes cómo rodear la sensación del reclamo estéril
porque una vez hace tiempo prometiste no hacerlo y entonces apresuras la
escritura y guardas bajo llave los sentimientos encontrados y te das
cuenta que has perdido el sueño y quedan pocas horas para el amanecer, y
que la herida ha roto las suturas y sangra profusamente y tu casa se
inunda de nueva cuenta
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