Para dejar de lado el dolor, volví una madrugada a encallar en la
ciudad. A solas recogí las huellas del invierno, me refugié en
campanarios para advertir la llegada de la primavera.
Bebí el agua
de la lluvia para apaciguar mi sed de tu carne -carne que pertenece a un
cuerpo que anhelé mío que responde a un nombre común y a otra lista
breve de adjetivos y apelativos que prefiguraban, apenas hechos palabra,
la cómplice intimidad que ahora, en soledad, acaricio como a un perro
de nostalgia.
Para encallar en la noche de la ciudad inventé una
palabra que te nombrara, un verbo que justificara todos los naufragios,
este ahogamiento, el cadáver de mi adolescencia más dolida.
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