Han sido semanas de masticar las ganas, porque tuviste la osadía y el
descuido de reencontrarte con ella a las puertas del deseo, y quisiste,
aceptaste entrar sin más, sin precauciones. Luego vinieron largas horas
arañando paredes y calendarios, hecho nudo, esforzándote por mantener la
vertical como el que ha bebido más de la cuenta pero busca ansioso el
siguiente trago.
Ahora la
indecisión de la brevísima distancia, poner la barrera de pretextos y
postergaciones a otro encuentro para evitar la herida que ya sientes
crecer en tu costado.
Llamarle y dejar a la casualidad hacer su
trabajo, que ponga también sus barreras, asumir la indiferencia como
estado de ánimo perpetuo, decir que no importa, que habrá después para
no desmoronarte frente a ella porque no quieres aceptar que estás al
borde, a punto de doblar la humanidad, y prefieres esta llama helada,
saberla ajena, que aceptar estás dolido y ansioso de pactar tu rendición
ante el fuego de su lecho y de su desenfado.
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