La ciudad, húmeda en sus calles, me mira pasar.
Pareciera que
llevo prisa, que la noche ha anidado en mis ojos y se dispusiera a
empollar sus huevecillos. Pero la noche no se engendra a sí misma: se
fagocita para dar paso al alba.
Al doblar la esquina, el semáforo
parpadea mientras extiendo mis alas de buitre. Mi olor pasa
desapercibido para los fantasmas, pero saben que no he hallado ni pizca
de carroña.
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