Sentados a la mesa, miramos la garra del frío acercándose a tus piernas.
Sin notarlo, un viejo pensamiento se posa en mi cabeza como un ave en
busca de nido: 'que el deseo no se fomenta, se fermenta', como un buen
alcohol, insisto.
Para ninguno de los presentes es secreto el deseo
que tu presencia enciende en mi persona. Para ti tampoco. Pero quiero
provocar el tuyo con el artificio de la
palabra, sin tocarte, mirando tus enormes ojos mientras escuchas. Seguro
que alguna vez quisiste probar un platillo desconocido, sólo de oírlo
describir. Algo así intento cuando digo que quiero despertar el volcán
de tu deseo.
El frío tiene mandíbulas poderosas, por momentos quisiera romper esta regla de no abalanzarme sobre ti.
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