jueves, 26 de marzo de 2020

LIX

Un bosque arde en mi espalda. En torno, el mundo es un témpano.
He abrazado el tono lúgubre de quien ha sido perpetuamente derrotado, la absurda calma del que sabe en cualquier momento se inclinará a besar el polvo, a morder los talones de su sombra; en cada golpe de timón que me llevó al acantilado, en cada paso que me llevó al borde del despeñadero, puse todo mi empeño y mi tesón.
No hubo apuesta: yo he sido siempre el caballo enfermo y en el momento preciso huí de la pista, en una carrera desesperada contra mí mismo de la que nadie intentó disuadirme. Que nadie vio.
Esta palabra turbia, rebotando sobre las paredes blancas del insomnio, es mi laberinto. Pero sé que no habrá ningún asesino llamado Teseo que venga a buscarme, ni Ariadna desesperada que traicione a su padre, ni velas negras volviendo a puerto.
Hace un momento he levantado la vista al firmamento y reconocí alguna constelación ahora que el cielo se ha despejado: mañana será un día cálido, y ahí está la noticia.

LVIII

Tal vez el problema, a fin de cuentas, sea ese: en determinado momento, mientras mantienes la guardia baja, te encuentras con una mujer, congenias con ella, y enseguida le abres todas las puertas, la llevas a recorrer los pasillos más inmundos del pasado como diciendo 'mira, he caído muy bajo para enfrentar al minotauro, y sin Ariadna que me ofreciera su ayuda he vuelto ileso a la superficie; mírame, soy un hombre capaz de soportar sobre mis hombros el peso de su dolor y de su decepción'; le revelas uno a uno los secretos profundos de la trampa y su manufactura. Dejas de ser el predador, poco a poco, imperceptiblemente, y te confías porque sabes que aún no eres la presa, confías ciegamente en que no ocuparás ese papel todavía, que ese personaje te corresponderá tal vez en un futuro que se dibuja lejano, casi imposible.
Pero sigues colocando trampas con el oscuro deseo de que se queden allí, inútiles, olvidadas, llenas de musgo y óxido, y no volver a tener noticias de las hipotéticas presas que en sus fauces caigan. Que no haya una presa más.
Luego viene el cataclismo, un cisma que te deja indefenso. Y te encuentras tratando de huir porque sin ser la presa sabes que ya no tienes coraje para volver a ser el cazador, y mientras huyes comprendes no puedes volver a tus refugios, que tu escondite más seguro ha quedado expuesto, y ahora te pesa aquel descenso ad inferos, y la sangre que bañó tu mano, pero no toda, te pesa particularmente la que al desperdigarse sobre el suelo segó la vida del hijo bastardo de Minos. Pero sigues huyendo, y al tropezar durante la huida, con sorpresa alcanzas a comprender has estado cayendo en cada una de tus trampas, y no habrá cazador que venga a desollarte, que te lleve paciente al matadero, o en un gesto de piedad apuñale tu corazón en el mismo sitio donde culmine tu caída. Y tratas de aullar para alejar a las hienas y a otros carroñeros, pero de tu garganta brota un balido, y sabes que no hay marcha atrás, que has sido derrotado por tu propia mano y necedad.

LVII

En otro tiempo, en otra tierra, frente al ocaso, un olor a ámbar colmó el ambiente.
En otra orilla del mar, en este tiempo, la noche arriba con su flota de estrellas: consigo trae un mensaje que espero y sin embargo me resisto a creer.
Vuelve a llegar la tarde, pródiga en inquietantes dudas. Puede más la euforia de la novedad, la férrea voluntad que se doblega ante la inefable novedosa noticia.
Por eso, aquella tarde, ante el cristal sonrojado del ocaso, anonadado, el escéptico elevó una plegaria.

LVI

Han sido semanas de masticar las ganas, porque tuviste la osadía y el descuido de reencontrarte con ella a las puertas del deseo, y quisiste, aceptaste entrar sin más, sin precauciones. Luego vinieron largas horas arañando paredes y calendarios, hecho nudo, esforzándote por mantener la vertical como el que ha bebido más de la cuenta pero busca ansioso el siguiente trago.
Ahora la indecisión de la brevísima distancia, poner la barrera de pretextos y postergaciones a otro encuentro para evitar la herida que ya sientes crecer en tu costado.
Llamarle y dejar a la casualidad hacer su trabajo, que ponga también sus barreras, asumir la indiferencia como estado de ánimo perpetuo, decir que no importa, que habrá después para no desmoronarte frente a ella porque no quieres aceptar que estás al borde, a punto de doblar la humanidad, y prefieres esta llama helada, saberla ajena, que aceptar estás dolido y ansioso de pactar tu rendición ante el fuego de su lecho y de su desenfado.

LV

Para dejar de lado el dolor, volví una madrugada a encallar en la ciudad. A solas recogí las huellas del invierno, me refugié en campanarios para advertir la llegada de la primavera.
Bebí el agua de la lluvia para apaciguar mi sed de tu carne -carne que pertenece a un cuerpo que anhelé mío que responde a un nombre común y a otra lista breve de adjetivos y apelativos que prefiguraban, apenas hechos palabra, la cómplice intimidad que ahora, en soledad, acaricio como a un perro de nostalgia.
Para encallar en la noche de la ciudad inventé una palabra que te nombrara, un verbo que justificara todos los naufragios, este ahogamiento, el cadáver de mi adolescencia más dolida.

LIV

Haz escrito una carta. Breve y escueta, un tanto desordenada, dictadas sus líneas por los abrasamientos del deseo.
Confiesas hace tiempo sabes del temor a la derrota y a lo desconocido, del secreto vértigo a recomenzar y arriesgarse a que las cosas salgan definitivamente mal.
De ese otro miedo a aferrarte a los equívocos con uñas y dientes por la opaca certeza que da su cercanía.
Que tal como escribió un autor al que ya rara vez acudes, uno jamás escoge las batallas que ha de librar en el pecho el corazón por la querencia.
Quisieras escribir sin parar. Que sea la carta definitiva pero no sabes cómo rodear la sensación del reclamo estéril porque una vez hace tiempo prometiste no hacerlo y entonces apresuras la escritura y guardas bajo llave los sentimientos encontrados y te das cuenta que has perdido el sueño y quedan pocas horas para el amanecer, y que la herida ha roto las suturas y sangra profusamente y tu casa se inunda de nueva cuenta

LIII

Yo sólo sé que no he soñado.
He llegado puntual al naufragio, a la estrepitosa resquebrajadura de mi alba.
Y esta borrachera, entonces, de dónde viene. Esta boca abierta como la boca de un pez por fin atrapado, qué vino escanció para embriagarse.
Usted lo sabe: la palabra es una y trae su garra consigo, dispuesta al sacrificio.

LII

Uno llega al alba con las manos vacías. Con la mirada puesta en cualquier cosa, distraído.
Se observan las cosas dispuestas. Los frutos maduros, el tímido desorden de la mesa. El cuchillo que reparte porciones de alimento.
En este rincón del mundo, miro la niebla trepar por las paredes, y mientras lo colma todo alrededor, sé que no he de mirar tu rostro ninguna otra mañana.

LI

Esta oscura lucidez que todo contamina. Saberse herido, saber que no hay vendaje.
Entre las sombras, intuyo la llegada del otoño.

L

La ciudad es la amenaza perpetua de reencontrarte.
Recorro sus calles, los pasillos y los vagones de su transporte público. Un movimiento en falso, una silueta vaga doblando en alguna esquina del azar bastan para desanudar los cabellos de la nostalgia.
Quiero partir a cada instante, y sin embargo

LXIX


No recorro la ciudad: es ella con su estrépito quien paso a paso me desangra.

XLVIII

Y ando, como herido, como quien carga la resaca de una vida sobre los párpados, como quien sabe que basta poco menos que un traspié para hacer añicos los guijarros del ánimo. Como quien teme la llegada de un enemigo desconocido, de una muerte indigna, trastabillante, que acecha a la vuelta de cualesquier esquina, y no hay calma, y toda pesadilla es brasa suficiente para incendiar la calma.

XLVII

El camino está sembrado de sedientas piedras y ofensivo polvo. Los márgenes son campos recién quemados donde cabras buscan el más breve atisbo de hierba para su hambre.
Luego, una orilla del camino es un acantilado, la fulgurante promesa de la caída.
¿En el punto ciego de qué paisaje se quedó tu falda ondeando, bandera de un reino que me está para siempre vedado?

XLVI

He caído, presa del cansancio, en el agua del sueño. Todo se ha humedecido en torno. Todo se ofrece a la boca insaciable del musgo. No pienso en labio de mujer alguna, pero la yema de mi dedo palpita y arde.
En los pliegues de la noche, alguien grita. Alguien más dispara hacia la nada.
Sin querer, he dicho su nombre. Con el sonido ha vuelto el crepitar de nuestros cuerpos. Pero la habitación está vacía.
Yo formo parte del inventario del olvido

XLV

Pensé, como siempre, que moriría en una curva. Pensé en las curvas como en una boca que se abre, o un cuenco que de pronto, de un sacudón, deja escapar algo de su contenido.
En el espejo retrovisor izquierdo se reflejaba la luna más imponente del agónico invierno.

XLIV

Entonces, en medio del desvelo, entre los párpados que se cierran irremediablemente, puertos frente a la noche, o al amanecer, ciudad en guerra, enloquecida bajo la alarma antibombardeos, apareces tú, apenas una palabra que encierra una frase, que encierra una verdad en esta tierra. Pero más que el sueño, la palabra críptica, torpe, edulcoradamente adolorida aunque sin queja, brota breve en dirección tuya, responde. Apenas monosílabos, apenas la taimada cortesía, tratando de adivinar tu rostro, pero nada.
Cómo volver a la natural ternura luego del cataclismo, cómo. Hay veredas que una vez invadidas por la maleza se entregan al olvido, a la nada. Y sin embargo, ah, terrible corazón, fardo sin amarras!

XLIII

Despierto en un año y un siglo que me son ajenos. Despierto por el ruido y estoy solo. ¿Cómo fue que llegué a este sitio, qué pie tocó primero este suelo?
En tierra de espinos, vuelvo a pronunciar nombres de otros tiempos. Pruebo olvidados sabores. Bebo, alargando el momento, oscuras cervezas mientras el firmamento se ciñe a la oscuridad y en mi pecho crece como una flor de oriente la nostalgia.
Cuando abro los ojos, el fuego danza en mi esófago. Se columpia, brinca dentro de mi estómago. Es hora de volver, no a casa, a la navegación

XLII

Sentados a la mesa, miramos la garra del frío acercándose a tus piernas.
Sin notarlo, un viejo pensamiento se posa en mi cabeza como un ave en busca de nido: 'que el deseo no se fomenta, se fermenta', como un buen alcohol, insisto.
Para ninguno de los presentes es secreto el deseo que tu presencia enciende en mi persona. Para ti tampoco. Pero quiero provocar el tuyo con el artificio de la palabra, sin tocarte, mirando tus enormes ojos mientras escuchas. Seguro que alguna vez quisiste probar un platillo desconocido, sólo de oírlo describir. Algo así intento cuando digo que quiero despertar el volcán de tu deseo.
El frío tiene mandíbulas poderosas, por momentos quisiera romper esta regla de no abalanzarme sobre ti.

XLI

Hay un adolescente triste que me acompaña a donde quiera que voy. Diminuto, mira el paisaje desde el balcón de mi retina.
Algunas veces sale a mirar la devastación sobre mi hombro. Sobre todo, suele alegrarse cuando visitamos ciudades caóticas y grises.
Ahora que he vuelto a la ciudad donde yo me hice mayor, lo noto enfurruñado. Está agazapado y hosco en algún rincón de mi cabeza. Sé que agoniza, que está pronto a despedirse.

XL

Sobre una servilleta dibujo el mar. En su orilla, sentada, miras la marea subir. El oleaje arrecia, pero no se atreve a tocar la planta de tus pies.
Una jauría te busca entre cristales y ruinas de antiguas ciudades.
Entonces despierto, a un parpadeo de la curva y del abismo.

XXXIX

En el bosque de rostros, me parece ver el tuyo.

XXXVIII

Agoto la madrugada. El frío de la noche muerde mi carne, me obliga a buscar refugio.
He roto la madrugada, con la torpeza, el descuido de quien rompe un papel al guardarlo.
Todo gira en torno a la humedad de las paredes. Al musgo que de ellas brota y va devorando los papeles de mi habitación

XXXVII

La ciudad, húmeda en sus calles, me mira pasar.
Pareciera que llevo prisa, que la noche ha anidado en mis ojos y se dispusiera a empollar sus huevecillos. Pero la noche no se engendra a sí misma: se fagocita para dar paso al alba.
Al doblar la esquina, el semáforo parpadea mientras extiendo mis alas de buitre. Mi olor pasa desapercibido para los fantasmas, pero saben que no he hallado ni pizca de carroña.

XXXVI

No hay afuera. La habitación se desmorona en el interminable mediodía. En el orden de las cosas, hay un cadáver con mi voz, un arma blanca señalando a mi esternón, y un montón de papeles emborronados con un nombre ajeno.
No hay afuera. Las paredes crecen en su humedad.
No hay afuera. El desgarre primigenio sucede a la luz de los bombillos fundidos. En la sala se sientan a charlar mis fantasmas y el otro. Aunque busco en el botiquín del veneno, alguien se ha llevado la cicuta.
No hay afuera. Los espejos han huido de esta casa. El silencio, rítmico, te nombra.

XXXV


Inmerso en maraña de sombras, vuelvo a escribir de ti. El autobús está detenido hace dos horas. Hace nueve años que estoy de pie en la misma parada de transporte suburbano, viendo cómo se aleja un vehículo contigo dentro. Volvimos a vernos algunos meses más tarde, pero en ese momento solté tu mano.
El sueño se me cuelga de los párpados, la claustrofobia hunde sus uñas en mis coyunturas. Escribo de ti para conjurarlos, pero se acerca el alba y todo es inútil.

XXXIV

Frente a mí, el bosque: un esforzado laberinto.

domingo, 1 de marzo de 2020

XXXIII

Fondas en la madrugada, la mujer baja de un tráiler arreglándose el vestido. Casi sin precaución, se acerca a la bomba despachadora de diésel. Toma la manguera de agua, se recoge el vestido hasta la cintura y procede a lavarse el coño. Luego, sube a otro tráiler.
Al otro lado de la carretera, mi cigarro se consume. El primero en meses. Por fin una brisa fresca acaricia mi rostro.

*

Sobre el oficio de naufragar

Es imperioso volver a nuestra condición de primigenio viento, de volver a vagabundear fuera del mundo. Como Odiseo, emprender el viaje para ...