Hablo de la ausencia, del escozor en las encías cuando al despertar falta tu aliento; la cama solitaria, toda tú llenando los rincones del recuerdo. Algunas veces otra carne llama al puerto, otras naves anclan en la puerta y pareciera que se disipase la bruma, que el árbol del deseo crece robusto sobre el patio, desentendido de tormentas, huracanes o renovaciones urbanistas, y hay fiesta y fuegos artificiales, una serena embriaguez en los párpados, bajo la lengua.
Pero llega la resaca y los marinos visitantes parten cargados de mercancías y algún pliegue de esperanza en los bolsillos, y uno dice adiós al carnaval, recoge el caos, sale a la calle a aspirar el humo de la pólvora, a adentrarse entre la niebla de los días, anhelante de acantilados, de la caída final.
No hay comentarios:
Publicar un comentario