Pongamos que no hay palabras, que uno mira el espejo, y las esquinas con telarañas, y el suelo, y se pregunta de dónde le viene esta afición por el abrazo de la nostalgia.
Como un hechicero en la carne de la noche hundo mi cayado, enciendo el fuego, llamo a la angustia y al deseo. La sangre se sostiene, seca, sobre los alambres.
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