Tender la mano, y alcanzar la fruta que sacie el hambre, tener frío y arrimarse al fuego. Abrevar en las cómodas aguas de la paz, envejecer con calma.
Todos rituales para invocar la muerte. Todos instigadores de la desidia, tierra sobre el fuego, hiedra sobre la carne. Quiero la tormenta, la batalla diaria contra uno mismo, la incertidumbre de estar vivo el próximo instante, el dolor, la llaga en el costado mientras me arrojo sobre la cruz, hijo del Golgotha.
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