Debo culpar a la ebriedad por la mano temblorosa y la voz ardiente. Por todos los cristales que se han astillado a mi paso, por esta cualidad de destrozar el escaso amor que se me ofrece como un fruto maduro.
Si estoy herido, no ha sido otra mano que mi mano empuñando el acero herrumbroso. Esta costumbre de abandonarlo todo, la dudosa declaración de patria que adjudiqué a la tierra bajo mis pies, la declaración patrimonial enmarcada al equipaje; sí, he sido yo el que huyó en cada historia, herido de sí mismo.
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