Ahora, aquella madrugada tantas veces pospuesta, tantas veces imposibilitada en su concreción, por fin frente a nosotros. Pareciera que un fardo colosal pendía de mis párpados, obligándolos al cierre, y sin embargo me dió tiempo de imaginar un largo viaje, su cuerpo desnudándose y anudándose enseguida a otro cuerpo, el mío, preferentemente.
No hallo sosiego, no obstante algo de la bruma que copa mis paisajes se distiende, alguna luz alcanza a escabullirse y a iluminar escuetos detalles para los días posteriores; concreto: algo que se parece a la plácida calma me toca la frente tras compartir los tragos y la charla.
Aunque sé que se marcharán los detalles que ahora atesoro entre los ojos, me quedo con la suave incertidumbre de saber qué he disfrutado más, el contoneo de sus caderas cuando camina fuera de la órbita de nuestra mesa, o buscar el oscuro azul de su mirada en la penumbra, como quien otea desde tierra, tratando de atisbar el incierto oceáno.
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