Me sorprendió la madrugada. Prendido con los dientes de la inusual ternura. Yo, un hombre duro, molido a palos de anhelar otro cuerpo. Yo, el trozo de hielo que mordió tu labio.
¿Qué veneno, qué oscura magia inocula el deseo cotidiano cuando deviene distancia?
Ni ella encontró al insolente borracho de otras noches, ni yo a la cínica mujer a la que me acostumbré a morder los labios
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