El cuerpo se hunde en un agua espesa, lenta, inexorablemente. Las imágenes del día, los ocasos, la fauna cotidiana, la imagen traslúcida del amor, la permanente sed que se evapora, todo pasa. Lo toco desde la punta de los dedos, y aunque quiera, no consigo asirme a nada; la abulia me abraza como una mujer celosa que me hunde sin ahogarme en esta agua clara y espesa.
Todo parece consumirse en un incendio congelado: la locura, el afán de romper el mundo, la rabia en la mandíbula. Todo se aleja, pero mi índice sigue acariciando sus bordes.
Me quejo, me duelo, ardo sin paz en esta cabalgata asido de las crines de la noche, potro febril.
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